Zaira Segura, ganadora del segundo concurso de relato corto por la igualdad de ALCER Castalia

16

marzo

El cuento breve El guiño de la autora Zaira Segura ha sido el ganador de la segunda edición del Premio ‘Relato Corto por la Igualdad’ convocado por la Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades Renales de la provincia de Castellón, ALCER Castalia, con motivo del Día Internacional de la Mujer. De acuerdo con el veredicto del jurado, Segura ha obtenido el triunfo en la convocatoria, que ha sido patrocinada por Bonterra Resort y ha contado con la colaboración del Ayuntamiento de Castelló y de la campaña ‘Sempre teua’ de la Generalitat Valenciana. El premio busca fomentar la igualdad entre mujeres y hombres y ensalzar el papel de la mujer en la sociedad. En el acto de entrega del premio han participado Violeta Bonet, propietaria de Bonterra (junto a Greta Bonet), y Maido Pérez, la directora de nuestro camping.

Según la ganadora, cuyo relato se basa en hechos reales, la obtención del galardón supone “que mi historia ha llegado, que he conseguido transmitir todo aquello que pretendía, y eso al final, es lo que importa cuando escribes”. Segura, quien considera que la sociedad “es consciente de las dificultades cotidianas cuando tiene a alguna persona con Enfermedad Rernal Crónica (ERC) cerca”, cree que aunque existen “muchas complicaciones de la ERC unidas a las personas enfermas de menor edad, normalmente es una enfermedad asociada a personas mayores, que son desconocidas hasta para las propias personas enfermas si no les toca padecerlas”. La ganadora del premio destaca que la ERC “es una enfermedad que nos puede afectar a cualquiera y que se puede prevenir fácilmente llevando una vida sana: prevenir es la única alternativa”.

El jurado de la convocatoria ha estado compuesto por Marisa Capellín, agente de igualdad y cofundadora de la Asociación de Mujeres Emprendedoras ‘Reinventhadas’; María Cervera, especialista y formadora en igualdad; Ximo Górriz, periodista y colaborador con diferentes medios de comunicación y Manuela Cayuela, paciente renal y aficionada a la escritura.

La obra seleccionada ha obtenido un premio en metálico de 200 €, un diploma y la publicación del relato en la web de ALCER Castalia y que también podéis leer a continuación.

Desde Bonterra Resort queremos darle la enhorabuena a Zaira y agradecer a Alcer Castalia el tenernos en cuenta para participar como patrocinadores de esta gran iniciativa.

EL GUIÑO

Me quedo mirando por la ventana, se ven los edificios más altos del barrio. Busco el
edificio principal pero no alcanzo a verlo.
Una paloma se posa en el alféizar. Tras observarla unos segundos, alza el vuelo al
mismo tiempo que suena una musiquita agradable que anuncia que se va a llamar a
otra persona. Dicen mi nombre.
Recojo de la silla de al lado la chaqueta y el bolso, guardo los cascos y el móvil. Avanzo
hacia el pasillo mientras miro hacia atrás por si me he dejado algo. Esquivo la fila de
tres personas que se ha formado delante de la administrativa que cita para las analíticas.
No me hace falta recordar la puerta que han dicho por el altavoz, es la 27, en mitad del
pasillo, delante de la sala donde hace tres horas me han pesado, tomado la tensión
arterial y extraído seis tubos de sangre en ayunas.
– Hola
– Hola Doctora, ¿cómo está?
– Bien, ¿y tú?
Sin dejarme responder, continua.
– Todo evoluciona dentro de la normalidad y la creatinina sigue en cifras
estupendas
Suspiro.
– Menos mal, siempre vengo nerviosa por si sale algo mal.
– Todos decís lo mismo. Vamos a ver si hay que ajustar los inmunosupresores….
– susurra mientras dirige su mirada hacia la pantalla del ordenador.
– Doctora Salomó, me gustaría comentarle algo – hago una breve pausa, los
segundos necesarios para que la Doctora deje sus gafas de pasta roja encima
de parte de mi historial y me haga un gesto con la cabeza para que continúe.
– Mi pareja y yo nos hemos planteado la posibilidad de ser padres y quería
preguntarle sobre el tema…si yo…podría…
La Doctora dirige su mirada hacia el otro extremo de la mesa, se pone de nuevo las
gafas, rebusca dentro del sobre y lee atentamente las dos primeras hojas que ha
sacado del expediente.
– No estaba segura, por eso lo he comprobado. Tú ya tienes un hijo, de ocho años
si no me equivoco, sabes lo que es ser madre – juega con sus gafas hasta que
deposita sus ojos en los míos – ¿De verdad quieres arriesgarte?
Guardo silencio mientras me lleno de lágrimas.
– Por lo pronto deberíamos realizarte un estudio completo y elegir el momento de
concepción. El embarazo deberías pasarlo ingresada, tendría que vigilar tus
parámetros a diario y deberíamos pausar el tratamiento de Myfortic porque
puede causar malformaciones en el feto. Al eliminar de tu tratamiento este
inmunosupresor es posible que pierdas uno de los dos órganos trasplantados,
no te podría decir cuál. ¿Vale la pena?
Quiero responder, pero ella sigue hablando con seguridad. Me intimida.
– Soy tu doctora desde hace seis años, hemos luchado mucho para que tu actual
situación sea la que es… – hace una pausa, su voz y su gesto cambia -. Te
entiendo – susurra en un tono dulce -. Se lo que es querer ser madre con todas
tus fuerzas y que el destino no te acompañe. Comprendo tus sentimientos, sé la
responsabilidad que sientes hacia tu pareja, la culpa que te atormenta por no
poder hacerle padre, por no poder compartir esos momentos con él, pero quiero
que recuerdes que lo importante eres tú. Sólo tú.
Al fin encuentro el hueco, y las fuerzas, para expresarme.
– Siempre me he creído una persona segura de sí misma, con una rebeldía innata
a esos roles que se nos asignan por el simple hecho de ser mujer, nunca he
creído en eso de la “llamada maternal” pero…. – empiezo a balbucear -. Él no
me presiona, es un buen hombre que se preocupa por mí y no quiere que ponga
mi vida en riesgo por absolutamente nada. Soy yo la que…
Mientras me limpio la nariz con los pañuelos de papel que la Doctora me ha ofrecido,
observo como coge el teléfono, marca, se pone el auricular en la oreja y dice una única
palabra: “Ven”.
Aún no he acabado de limpiarme las lágrimas cuando un hombre alto, de buen aspecto,
pelo canoso y ojos grandes, abre la puerta, mira a la doctora con una media sonrisa y
se sienta a mi lado.
– Te presento a mi marido, es enfermero de esta unidad, está en la consulta del
Dr. Torrefreda.
No entiendo nada, pero saludo.
– Encantada.
– Siempre que Mara me llama es por lo mismo así que iré al grano – me mira con
cariño y empieza a hablar con entusiasmo -. He deseado toda mi vida ser padre.
Era mi sueño. Tener la casa llena de juguetes, bicicletas, platos de colores…. –
los dos se miran – y cuando nos conocimos supe que era ella con quién quería
cumplirlo, pero no se pudo. Lo probamos todo, pero nada. Tras varias pruebas
supimos que era Mara la que… – vuelven a mirarse -. Un problema cromosómico.
Me bastó una noche para saber que renunciaría a mi sueño, pero no a mi
relación. Ella no pensaba lo mismo: la culpa, la responsabilidad, cayó en una
depresión que casi nos cuesta la pareja – mira sus manos – pero lo superamos,
juntos, encontrando alternativas. Empoderándose. Creyendo en su valía más
allá de roles y estereotipos. Ahora tenemos dos hijas, adoptivas, ella acabó su
carrera y yo abandoné medicina para estudiar enfermería, que me permite estar
más tiempo en casa y dedicarme a disfrutar de todos los platos de colores que
hemos ido comprando con los años.
No me había dado cuenta, llevo sonriendo desde que me ha mirado. Giro la cabeza
hacia ella. Se ha recostado en su sillón y transmite paz. Me guiña un ojo. La consulta
acaba. Mis dudas también.

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